viernes, 22 de abril de 2016

YO TENGO UN PEQUEÑO PARAÍSO

Yo tengo un pequeño paraíso, es tan grande lo que veo desde allí…
Os lo contaré.

En la habitación, estando en la cama, levantas la cortina y estás viendo el Cincho (monte de costa de bosque mediterráneo); no es alto, mas tiene unas vistas extraordinarias.

En la cocina, con luz natural espléndida, tengo un balcón pequeño lleno de flores; colgadas, de pie, hasta sentadas diría yo.

El salón, con una ventana grande sin cortinas, sentada a la mesa, lo que se ve es naturaleza. Ahora vamos a asomarnos y lo que ahora vemos es la terraza del vecino de abajo, también una piscina grande con muchísimo espacio; seguido el campo de golf, una charca grande y detrás las encinas. Estas están creciendo tanto que por ese lado ya no veo casas y dentro de poco, no veré el mar.

Seguimos: en el horizonte hay casas salteadas. El cielo es precioso cuando hace bueno y cuando va a llover, las veo venir (las nubes); los atardeceres son fantásticos , al anochecer se van encendiendo las lucecitas como los nacimientos en mi niñez. La Luna aquí ya sé cuándo está en creciente o menguante, sé por dónde me da el viento.

Silencio fuera de temporada; en verano, sobre todo, voces de niños. Este es mi paraíso. Os invito a todas, venir de una en una para que os haga efecto terapeútico, a cinco minutos está la playa; yo voy a darme un chapuzón.

A ver chicas, como ya os he cansado bastante, tomaremos un trozo de bizcocho y lo que os apetezca beber.



                                                        
                                                         Begoña Altuna Zárate









                                       

miércoles, 20 de abril de 2016

ABRO MI VENTANA, CIERRO ....


La ventana, mi ventana. Pensar en ella, para mí, es sinónimo de comunicación. Si la abro: veo, oigo, huelo; si la cierro, interiorizo.
 
Abro mi ventana. Miro hacia la pequeña calle que está a sus pies y las casas de alrededor. La vecina del segundo piso está colgando la ropa y me saluda, la del tercero sacude sus alfombras: no nos conocemos. Las demás ventanas permanecen cerradas y con las persianas bajadas.
La calle ahora es un río de adolescentes que van a clase con sus carros de libros, y, dentro de una hora, otra marea de madres jóvenes o de abuelos acompañará a los hijos o a los nietos y nietas al jardín. Bastantes son hermosas saharauis con sus túnicas y sus velos que llevan de la mano a un niño de ojos negros mientras con la otra mano empujan un cochecito donde va otra criatura. A veces los niños miran hacia arriba y nos saludamos.
Los árboles del pequeño jardín cercano ya empiezan a echar brotes, menos el laurel que siempre está verde y que ahora tiene flores amarillas que hacen las delicias de múltiples pajarillos cantarines.
En las noches de luna llena puedo ver a la luna pasar por el pequeño rincón de cielo  que se ve entre las casas. De día también al sol que se asoma por el mismo rincón. No soy como el prisionero del romance que no sabía cuándo era de día o cuándo de noche sino por una avecilla que “le cantaba al albor”.
A veces, a través de la ventana abierta, llega el olor de la madreselva. Me costó trabajo saber de dónde procedía, pera ahora ya lo averigüé: acompaña y perfuma a los arbustos de una orilla de la carretera general.
Hay otros sonidos y olores que se vinculan con la vida ciudadana: los barrenderos con sus carros, el camión de las patatas, el de los huevos, el chatarrero y, alguna vez, una ambulancia. Todos ellos nos convocan y a veces nos reúnen a varios vecinos.
La ventana abierta me hace viajar en el tiempo a un momento de mi vida de profesora joven cuando un adolescente de 15 años me preguntó: -“pero tú, ¿has visto a Dios?” - y yo le canté una pequeña estrofa que luego quiso aprender él mismo:
“Cada mañana, veo tu rostro, Señor, cada mañana, por mi ventana.
Cada mañana, oigo que suena tu voz, cada mañana, y que me llamas.
-“¿La cara de Dios?, ¿su voz?”-, siguió el adolescente. Y recuerdo que le dije algo así: “cuando veo a las personas, cuando miro esta hermosa naturaleza con sus plantas, sus pájaros, sus innumerables y coloridas mariposas; cuando te miro a ti, veo el rostro de Dios. Y cuando te ríes, cuando cantas, cuando lloras… oigo su voz”.
No sé si le convencí pero insistió en querer aprender la canción.


Cierro mi ventana

Ya no hay sonidos, no hay olores pero sí la luz del sol que ilumina el espacio en el que estoy, mi mesa de trabajo, el libro que leo.


Es el momento de la reflexión, de la lectura, de la oración, de los sueños. Desfilan por mi mente y mi corazón, como en una película, las personas del día, los momentos vividos, los héroes o las heroínas de mis lecturas o los personajes de carne y hueso unamunianos. A veces quisiera ser alguno de ellos y “desfacer entuertos” como Don Quijote, pero otras veces, y en este momento, las más, las lecturas de periódicos o los informativos me llenan de tristeza y preocupación y desearía abrir mi ventana a todos los refugiados y a los pobres de la tierra, para que pudieran entrar en una casa inmensa que haría para ellos. 
                                      

                                                María Dolores Lezama 

martes, 19 de abril de 2016

LO POCO QUE VEO DESDE MI VENTANA

Hoy vengo a contaros lo que veo desde la ventana, bueno, lo poco que veo, ya que mi ventana pilla haciendo esquina interior de varios edificios y, además, hay muchos árboles.
Desde la ventana soy capaz de ver las ventanas de mis vecinos, el jardín comunitario y poco más; ya que los árboles del jardín me tapan toda la calle. Pero aún así puedo ver la academia azul que hay debajo de mi casa, la farmacia y los bares. No obstante, se puede ver un parque, donde se suelen juntar muchos niños para jugar al balón. También veo muchos pájaros, perros y gatos.

                                                                         CARLOS

lunes, 18 de abril de 2016

MI ABUELO

Largo es el día cuando hay poco que hacer, y hoy es uno de esos.
Estoy esperando, sentado en la vieja butaca, en la que tantas veces vi a mi abuelo descansar, y lo que veo a través del ventanal me traslada a las historias tantas veces oídas a través de su voz.
Acontecimientos vividos por nuestro antepasado y que tanto repercutieron en la familia.
Primero, aquellos años, duros, difíciles, en que escondido en el desván de mis tíos, veía a los suyos tras un orificio que semejaba un tragaluz; si le descubrían, sería fusilado. Él era el alcalde republicano de un pequeño y bonito pueblo, pero la guerra civil y la instauración de la dictadura militar, le convirtió en un “huido”.
Así paso dos años, tras los cuales, una amnistía le permitió salir a la luz.
Represalias hubo y duras, años de cárcel y otra vez encerrado. Miraba el mundo a través de un ventanuco, enojado, pero a lo lejos en la loma y al pie de la gran torre, sus hijos y nietos (entre ellos, yo) agitando nuestros pañuelos para hacernos ver y así saludarle. Detrás el mar infinito.
Su madurez transcurrió en habitáculos pequeños y míseros, pero tras aquellas “ventanas” la vida seguía y las ideas, escondidas, reprimidas, castigadas, pero nunca muertas ni doblegadas, esperando salir y renacer en cuanto fuera posible.
Sus largas estancias en el hospital, y de nuevo su mirada oteando el horizonte mirando renacer la vida cada vez que se apagaba, pero acompañado por sus seres queridos.
Hoy, lo que veo desde mi ventana, es que su vida continúa en mis hijos y nietos.
Algunos seguimos sus ideas de libertad y compromiso con sus ciudadanos y otros respetando su memoria, pero todos juntos.
Así llega el momento de celebrar el nacimiento de la benjamina.
Caminamos felices, satisfechos y recordamos sus palabras.
El mañana sería infinitamente mejor si conservas la esperanza.
Gracias, abuelo; tu lucha nos ha hecho libres y mejores.

                                                                                            Mari  Carmen

CON LOS OJOS DEL ALMA

Lo que veo desde mi ventana es: La pasividad e inoperancia de los gobernantes europeos, ante el drama que viven   los refugiados del  Oriente Medio.
 Día tras día, me horrorizan las noticias  de naufragios  en el Mediterráneo o en el Egeo,   que incrementan el número de víctimas intentando salir del horror de la guerra.
Una madre desgarrada por el dolor de haber perdido toda la familia, es la última imagen que guardo en mi retina.
¿Cómo parar la sangría, vergüenza del mundo entero?
 A  ella y en memoria de  todos los emigrantes que perdieron la vida en la travesía,  y a los hombres y mujeres que ayudan al llegar a puerto a los supervivientes,  quiero dedicar este poema.

Frente a las costas de Libia, ha naufragado un pesquero,
Iba lleno de emigrantes, en busca de un mundo nuevo,
una vida en libertad, y un futuro halagüeño.
Huyen de miseria y guerras, persecuciones sin freno,
¿cómo parar la sangría, vergüenza del mundo entero?
Ochocientos emigrantes, hacen un viaje postrero,
se los ha tragado el mar, sin poder cumplir su sueño,
una vida en libertad, sin presiones y sin miedos,
¿cómo parar la sangría, vergüenza del mundo entero?

                                                                                                     Pilar Monreal

LA VENTANA

Los seres del planeta en el cual vivimos, disponemos de nuestra propia ventana, exclusiva e intransferible: los ojos.
Estamos constantemente pasando información a nuestro cerebro de todo lo que vemos a través de ellos, nos permiten, entre muchísimas cosas, planear nuestro entorno y futuro.
Me centraré en un frutal: el cerezo. Este árbol, observándolo en su proceso, nos muestra las estaciones del año: la llegada de la primavera con sus flores tan bellas, sus frutos en verano, y, como el resto de los árboles de hoja temporal, el otoño y el invierno.
A medida que va haciéndose viejo, deja de florecer. Viendo esta situación, decides plantar uno joven para sustituirlo, pero un vendaval lo rompe, y se mantiene en pie el primero, lo cual no esperabas.
Con los seres humanos, a veces, ocurre lo mismo; a medida que transcurre el tiempo, el futuro lo delegas en el joven, que está en plena floración, pero una inclemencia lo arranca llevándolo sin retorno.

                                                                       Mª Jesús  Azkueta

DESDE LOS CRISTALES DE MI VENTANA

Es curioso cuantas cosas, se pueden ver a través de una ventana. Podemos mirar por la de muchos lugares, y sitios. La de un restaurante cuando vamos a comer, la de un médico cuando acudimos a él, o la de un autobús cuando viajamos, y miramos tras los cristales todo lo que el exterior nos ofrece. Pero yo voy a contar lo que desde la ventana de mi casa veo, y que, para mí, es lo más bonito que la vista me pueda regalar, cuando miro tras ésta, y sólo observo paisajes hermosos y belleza.
Afortunadamente,  yo vivo en un lugar apartado de la circulación o del estrés cotidiano de la ciudad,  en el mismo pueblo en que nací, muy cerca de Galdakao. Un pueblecito pequeño de escasos habitantes, pero que está más en contacto con la naturaleza. Lejos de los ruidos, del humo, y de la contaminación. Un lugar precioso  donde se respira paz, y tranquilidad.
Cuando subo la persiana en los días de primavera, me deleito al  contemplar el brillo de un día soleado que empieza a amanecer, las flores de vivos colores, o el suave olor a jazmín, que han nacido  ya, en mi pequeño jardín. ¡¡Una maravilla digna de ver!!, de la que puedo disfrutar cada día, cuando me levanto y me asomo tras ella. Para mí, todas las estaciones del año son bellas cuando las diviso desde mi ventana. Pero, sobre todo, cuando llega el  crudo invierno, y la nieve lo cubre todo, es una de las imágenes más bonitas, y mágicas que la vista me pueda ofrecer, igual  que una preciosa estampa navideña de blanco esplendor, cuando la observo a través de mis cristales empañados de vaho. De una gélida  mañana, de esta fría estación.
Por todo ello, el mirar por ésta, cada día de mi vida, me da verdaderas satisfacciones por la diversidad de  cosas hermosas que puedo contemplar. Pero  a veces miro, sin  ni siquiera ver, lo que la vista me brinda, por estar  absorta en mis pensamientos, o cuando  la melancolía se adueña de mí, por recuerdos del pasado, o la añoranza del ayer, o simplemente cuando me recreo al pensar en aquella  infancia tan bonita,  que yo viví, llena de imborrables, recuerdos, que nunca ya, olvidaré. Aunque la niñez ha quedado atrás, el verdor y la frondosidad de los montes de mi tierra, perdura en el tiempo con toda su belleza y esplendor a pesar de los años pasados, Pero sobre todo, y lo más importante, es el poder disfrutar de ese aire tan puro y sano que cada día respiro. Y gozando únicamente, de la calma, de la tranquilidad  y de esa paz, que  para siempre, me dará ¡¡este bonito pueblo donde vivo yo!!

                                                                                                         María Jesús Epelde